Articulo publicado en La Palabra Diaria en Marzo del 2007 a nivel mundial.
Aunque leía todo el material que llegaba a mis manos para ayudarme a mí misma, mi turbia vida continuaba fuera de control. Una amiga que estaba al tanto de mi dilema me dio una tarjeta que tenía la dirección de Unity en Costa Rica y me dijo: "Este es un sitio donde conseguirás la ayuda que necesitas".
Seguí su consejo, pero cuando comencé a asistir a Unity, creía que las buenas nuevas que ellos compartían no podrían ser verdaderas para mí. Pero continué asistiendo ya que en mi corazón yo sabía que necesitaba comprender que era una hija de Dios y que Su presencia y poder estaban en mí.
Gino, mi hijo de once años, vagaba por las calles de la zona roja de San José, un área llena de crimen y pobreza, hasta que fue rescatado por las autoridades y llevado a un centro de detención juvenil.
Me encontraba sola y necesitaba cubrir las necesidades básicas de la vida, sin embargo no podía conseguir trabajo. Mi autoconfianza, mi energía y mis recursos parecían estar agotados. Me sentía incapaz de enfrentar mis problemas. Los acontecimientos que habían afectado negativamente mi infancia, comenzaron a reaparecer y nuevamente me sentí abandonada.
Mis hermanos y yo fuimos víctimas de abuso. En ocasiones teníamos que buscar restos de comida en los botes basura de los vecindarios ricos. Recuerdo vivamente cuando a la edad de ocho años, me encontraba sentada en un banco y mi padre me dijo:"Cuida de tus hermanos porque tu madre no puede". Diez años después vi a mi padre por última vez.
Mi relación con mi madre fue muy traumática. Cuando yo tenía once años, ella me llevó a un hotel donde ya me había vendido como prostituta. Nos detuvimos frente al edificio y lloré desconsoladamente diciéndole: "!Mamá, no quiero hacer esto!" Sin decir palabra, mi madre regreso el vil dinero y tomándome por el brazo me metió en un taxi y me envió a casa.
Creo que ella vio de repente el horror de su propia infancia reflejado en mí y sintió compasión. Muchos años antes su madre la había vendido a un hombre, pero nadie sintió compasión por ella en aquel momento. Le agradezco su afecto y el haber tomado la decisión justo a tiempo; sólo Dios pudo haberla guiado.
Como una persona adulta asistía a la iglesia de Unity aprendía que el Dios en mí me acompañaba, que siempre estaba presente.
Comencé a reemplazar mis pensamientos negativos con oraciones afirmativas. Llamaba al ministerio de oración en Costa Rica todos los días pidiéndoles oración por Gino.
Aprovechaba toda oportunidad de ir a la Iglesia de Unity, un lugar de gente y principios positivos que sustentaban mi espíritu me ofrecí de voluntaria en los servicios y el envío de boletines. Finalmente, ayudé en los programas para niños. Juan Enrique Toro, el ministro de Unity, dio comienzo a un programa de liderazgo de dos años, el cual terminé, y luego fui contratada como asistente de la directora de oración. Con ese ingreso, pude conseguir vivienda, comida y otras necesidades básicas.
A medida que continué mis estudios, aprendí dos enseñanzas muy poderosas una de oración y otra de entrega. Estas continúan siendo los pilares sobre los cuales sostengo mi vida.
Me di cuenta de que lo único que podía hacer para que mi hijo regresara a casa era entregarlo a Dios y orar. Después de tres meses de oración y entrega total, percibí que me quitaban un gran peso de encima y sentí mucha paz. El día siguiente recibí un mensaje de Gino en el que me decía que quería regresar a casa y que lo esperara en la parada de autobuses. Ambos sentimos alivio en el presente y esperanza por el futuro cuando hicimos un compromiso para comenzar de nuevo.
Ya han pasado siete años. Me siento muy orgullosa de Gino y, en vista de todo lo que hemos pasado, agradezco el modo en que nos hemos tratamos como madre e hijo. El vive ahora conmigo, toma clases de pintura y regreso a la secundaria. Visitamos un consejero de familia y nos tomamos de la mano según continuamos aprendiendo, sanando y entregándonos a Dios.
La transformación por la cual he pasado comenzó gracias a las enseñanzas de Unity. Unity es, sin lugar a dudas, mi hogar espiritual. Al comenzar a comprender las leyes espirituales, tales como "dar es tan importante como recibir" y "Dios es nuestro sustento", comencé a dar y servir de voluntaria. El dar cuando tienes, es relativamente fácil, pero cuando solo tienes lo suficiente para comprar un pan, y aún das, esto demuestra un compromiso mucho mayor.
Ahora que soy la directora del ministerio de oración, trabajo diariamente para mantener el ministerio y administrarlo. Ahora estamos publicando La Palabra Diaria en Costa Rica.
Continúo sanando mi vida poniendo en práctica toda la bendición que Dios me da. Como resultado soy feliz dando y confiando en Dios.
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